El dilema del chupetín

Pero si me los regalan, cómo negarme. Primero que nada, es un regalo, alguien me quiere. O me quiere sobornar. Y segundo, es rico, vamos a decir la verdad. Y es cómodo también. Uno puede tenerlos en la boca durante un tiempo, después sacarlos, hacer piruetas, charlar tranquílamente, y luego volver a sentir el dulce. Con un caramelo no tenés otra salida: o lo retenés en tu boca o lo escupís, lo tirás. Lo mismo pasa con el chicle, salvo aquellos asquerosos, sucios, inmundos, que los guardan en la heladera - "para que se mantenga el sabor", dicen ellos -, en la mesita de luz o mismo en el brazo. ¿Que acaso nadie vio a Ren y Stimpy?
El dilema que nos concierne es el siguiente: llega un momento, ineludible, en el cual el caramelo que conforma el chupetín, esa masa pegajosa de dulce de naranja, frutilla o coca cola, se desvanece al punto en que la pajita asoma uno de sus orificios, de sus extremos. Uno en vano intenta chupar cuando esto ocurre, ya que no es el caramelo lo que es succionado, sino el aire del otro lado del palito de plástico (en el mejor de los casos; es posible también que tu palito sea de cartón. En tal caso, que Dios se apiade de ti). La solución, totalmente desagradable, es pasear la lengua por sobre la golosina, a tal punto de derretirla completamente. Pero uno ya no puede andar chupando, aspirando, disfrutando de lo lindo. Ahí es donde la magia desaparece. Papa Noel no existe, y tampoco los chupetines con palitos sin agujeritos. ¿Tanto les cuesta taparlos? ¿Es mucha plata un pedacito más de plástico?
Y si los de mejor calidad vienen tapados, lo desconzoco. Soy un pibe de barrio.