
Aquí tres historias con celulares. Saquen sus conclusiones.
***Esperando en la estación Belgrano del tren que va de Tigre a Retiro vuelvo a escuchar el ya familiar timbre que anuncia una demora de diez minutos. Cuando finalmente llega y luego de que diez personas, cual buitres, se amontonaran en las puertas como si el destino del viaje fuera la Felicidad, me subo.
Pero el tren no arranca. Y unas luces empiezan a parpadear. Y se escucha un ruido de explosión, y algunas personas se bajan. Me bajo también y veo que sale humo del vagón de adelante. Un señor de la empresa pasa por los vagones anunciando fuego, y por favor bájense todos. Y el espectáculo empieza: a mi alrededor, 8 de cada diez personas se aferran a sus celulares, llaman a sus jefes, a sus amigos, a sus novias, anunciando que hubo un problema en el tren y que iban a demorarse un rato. Y quédense tranquilos, que ya voy para allá. Una señorita mete su cabeza entre unas rejas para hablar, porque el sonido de las demás personas no la deja.
Como si por culpa de una avería en el tren los fueran a acribillar a balazos por llegar 10 minutos tarde. Como si no pudieran contarlo en persona, mientras encienden sus computadoras, mientras dejan el abrigo en la silla, mientras preparan el mate.
***En el noticiero se ve un incendio en el concejo de Córdoba. Se ve cómo llegan los bomberos y se llevan a los heridos. Un hombre explica lo ya harto conocido, que algunas cosas se queman y largan gases tóxicos, que es lo que produce la asfixia. Y en la siguiente escena se ve a un bombero apurando a una persona salir del desastre... ¡mientras ésta habla por celular! Seguro para avisar a sus amigos del desastre que acaba de ocurrir. Seguro porque va a llegar 10 minutos tarde a vaya uno saber dónde. Porque avisar es más importante que salvarse uno mismo.
***"¿Hola? Sí, acá estoy, en el colectivo... Yendo para allá... Un beso, chau."